Por: Ernesto Pinto Bazurco Rittler Embajador
Lunes 8 de Agosto del 2011
La celebración del Día del Diplomático coincidió este año con importantes logros del presidente Ollanta Humala en el ámbito internacional, que constituyen un valioso ejercicio de diplomacia presidencial. Igualmente, lo fue el nombramiento de una personalidad de prestigio, de probada capacidad profesional, en el alto cargo de canciller de la República.
Hace 20 años se cometió un atentado contra la diplomacia, con el cese de 117 diplomáticos intempestivamente separados del servicio, que puso al país en una difícil situación internacional y produjo un desfase para muchos profesionales de la carrera diplomática. Es grato comprobar cómo han cambiado las cosas. El Perú cuenta, con el retorno de los funcionarios perjudicados, con un servicio diplomático altamente eficiente y de gran prestigio.
Hay aspectos que pueden profundizarse en nuestra política exterior, como ejecutar la diplomacia social con mayor énfasis, consolidar la estabilidad macroeconómica, fomentar la inclusión social y desarrollar acciones para apoyar a los tres millones de peruanos que radican en el extranjero. La política exterior debe proyectar en la comunidad internacional esos objetivos nacionales y lograr una concertación alrededor de los mismos.
En los últimos años, como lo señalé en un artículo publicado hace meses, el Perú tuvo una participación marginal en los organismos internacionales.
Hemos estado ausentes en decisiones mundiales y desperdiciado oportunidades en la diplomacia multilateral. Esto debe superarse (la Corte Internacional de Justicia es parte del sistema de las Naciones Unidas).
El multilateralismo es un campo eficaz donde el Perú destacó en décadas anteriores y contamos con profesionales de experiencia que están relegados.
Es prioridad concertar en el ámbito regional, para superar diferencias ideológicas. Momento de hacer verdad lo que escribió mi abuelo, Moisés Pinto Bazurco, sobre la necesidad de un bloque latino. No obstante, otras regiones también merecen atención. No podemos, como el caso de la Unión Europea, firmar acuerdos y cerrar embajadas. Si convenimos instrumentos comerciales, debemos prever una mayor actividad a favor del Perú, enmarcada dentro de una estrategia de presencia en los mercados.
De todos los contextos sociales en los que se desenvuelven los seres humanos, el sistema internacional es uno de los más complejos y vulnerables. Por ello tiene que ser constantemente perfeccionado y fortalecido. Es además el escenario en el que el profesionalismo de los diplomáticos se hace cada vez más evidente.
Que los Estados sean competitivos internacionalmente depende de la eficacia de las instituciones que ejecutan la política exterior. Estas están integradas por personas seleccionadas y formadas para actuar de acuerdo con las exigencias actuales, como lo es nuestro servicio diplomático.
La Academia Diplomática está dirigida por un prestigioso intelectual y embajador experimentado. El sistema de ingreso a la carrera debe ser modernizado, en razón de que nos vemos en la contradicción de haber establecido para los ascensos la necesidad de contar con maestrías o doctorados. Sin embargo, se fija aún un límite de edad para el ingreso a la Academia Diplomática, tope al cual pocos aspirantes pueden llegar a tener estas calificaciones.
Ello ha llevado a que, en la práctica, los funcionarios, durante su ejercicio profesional, deban hacer dos tareas a la vez: las relacionadas a su importante trabajo, más la de realizar estudios, con la consecuencia de que ambas oportunidades sean desa-tendidas. Se debe propiciar una diplomacia intelectual y para ello hay que abrir las puertas a los que más han estudiado.
Se lleva un ejercicio jurídico de importancia ante la Corte Internacional de Justicia, no obstante la cancillería peruana –a diferencia de las más reconocidas del mundo– no ha prestado atención en establecer doctrina –que es fuente de derecho– en aspectos de interés ni ha apoyado la publicación de trabajos sobre relaciones internacionales.
Como el poder en el mundo es asimétrico y dinámico, ningún conjunto de normas puede prever y abarcar todas las circunstancias. Es necesario, por tanto, un fortalecimiento de valores institucionalizados, como el respeto al derecho internacional. Ello facilita el apoyo tanto interno como externo.